Tras el paso del huracán Melissa, la narrativa castrista destacó que el Hospital General Universitario Vladimir I. Lenin “mantiene su vitalidad” y que la prioridad es “acelerar la recuperación”. Esa fue la línea en medios estatales durante y después de la visita del designado a dedo Díaz-Canel a Holguín (30 de octubre de 2025).
Sin embargo, los reportes de medios independientes y las propias imágenes televisivas mostraron pasillos y salas inundadas, con árboles y postes caídos alrededor del complejo hospitalario y fallas eléctricas que comprometieron la continuidad asistencial. Testimonios señalaron que los generadores “apenas aguantaban”, lo que obliga al personal a improvisar para proteger equipos y sostener servicios críticos.
La contradicción es evidente: en un hospital de gran formato, la electricidad continua no es un lujo, sino la condición mínima para UCI, quirófanos, hemodiálisis, esterilización, laboratorio e imagenología. Si el sistema principal cae y los grupos electrógenos no operan en condiciones (o se inundan, se quedan sin combustible o no cubren toda la carga), se compromete la seguridad del paciente y la calidad de los resultados. El propio sistema provincial venía arrastrando interrupciones de hemodiálisis meses atrás, obligando traslados a otras provincias para no interrumpir tratamientos, un indicador de fragilidad previa que un huracán solo agrava.
Surge entonces la pregunta: ¿qué ocurrió con los pacientes en emergencia, con los que estaban graves, conectados a equipos de soporte vital o bajo tratamiento crítico? ¿Por qué no se habla claro y se dice la verdad sobre la magnitud real del daño? ¿Por qué la versión oficial castrsita se limita a frases vacías sobre la ‘vitalidad’ y no aborda la realidad concreta de la atención médica en medio del colapso energético?
El Hospital Lenin, con unas 830 camas y 26 servicios médicos, es el centro de referencia del oriente cubano. En 2024 atendió más de 65.000 consultas externas, 55.000 urgencias y realizó más de 10.000 cirugías, con un total histórico de más de 12 millones de pacientes en casi seis décadas de existencia. Esa magnitud implica una enorme responsabilidad sanitaria que no puede sostenerse con un sistema eléctrico colapsado y equipos improvisando entre el agua y los apagones.
El discurso mentiroso insiste en la resiliencia, pero la evidencia sugiere vulnerabilidades estructurales graves —energía, mantenimiento, drenaje— que deben abordarse con transparencia, presupuesto y supervisión. De lo contrario, la ‘vitalidad’ proclamada no será más que una palabra vacía frente a la angustia de pacientes y médicos que enfrentan, día a día, la realidad del deterioro.
Parece que todavía no se han dado cuenta que mentir en lugar de confundir indigna mucho más al pueblo.



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