
Díaz-Canel. Foto El País
Por Roxana Rodríguez, Secretaría de Relaciones Internacionales (CID)
Una vez más quedó claro que el problema de Cuba no es la falta de discursos, sino la ausencia de soluciones reales. Luego de que el régimen generara gran expectativa sobre las supuestas declaraciones que haría Díaz-Canel —en las que se insinuaba un anuncio importante— todo se resumió a más de lo mismo. El mismo discurso repetido durante años, reclamando más sacrificio, más resistencia y ahora incluso nuevas medidas de racionamiento, como si quedara algo más que racionar.
Como es habitual, Díaz-Canel recurrió a la retórica antiimperialista, culpó a los Estados Unidos de todos los problemas que el sistema no es capaz de resolver y aseguró que se desarrolla contra el país una “intensa campaña mediática de calumnia y odio”. Según su versión, el escenario de colapso al que se enfrenta el régimen no sería consecuencia de su ineficiencia estructural, sino el resultado de una política deliberada de Washington. Volvió a invocar los “67 años de Revolución y bloqueo” como explicación universal de la crisis, eludiendo cualquier responsabilidad propia.
En referencia a la situación energética, Díaz-Canel afirmó que “desde que comenzó el bloqueo naval en diciembre, este país no recibe combustible”, y aseguró que “se están haciendo todas las gestiones para que el país pueda tenerlo de nuevo”, sin precisar en qué consisten esas gestiones ni con qué resultados concretos. Reconoció, no obstante, que ya no pueden garantizar ni siquiera las actividades básicas vinculadas directamente a la población, una realidad que se arrastra desde hace más de un año y que confirma que los apagones prolongados no constituyen un fenómeno nuevo ni excepcional.
Acto seguido presentó un conjunto de medidas imprecisas, sin detalles ni plazos definidos, que según él tendrían como referencia las aplicadas durante el llamado “Período Especial”. En la práctica, estas medidas implican más apagones, la paralización de actividades esenciales y un nuevo ciclo de austeridad y racionamiento para la población, todo ello acompañado, una vez más, del énfasis en el sacrificio y la resistencia. “Hay cosas que tenemos que detener, posponer para seguir funcionando”, afirmó, aunque resulta legítimo preguntarse cómo se pretende seguir funcionando cuando lo que se anuncia es la paralización de prácticamente todas las actividades básicas y cuando las pocas industrias que aún operan dispondrán de menos energía de la que ya tienen.
Sobre la relación con Venezuela, Díaz-Canel sostuvo que no existe una relación de dependencia. Sin embargo, más adelante reconoció que ese país suministraba no solo combustible, sino “prácticamente todo lo que necesitaba Cuba”, a cambio de las llamadas misiones médicas. La contradicción es evidente: negar la dependencia mientras se admite la magnitud del suministro recibido durante años.
En cuanto a los aliados internacionales, afirmó que “Cuba no está sola” y que existen “muchos gobiernos y países dispuestos a trabajar con Cuba”. No obstante, evitó mencionar cuáles son esos supuestos aliados, qué tipo de ayuda concreta están ofreciendo o en qué plazos, dejando la afirmación en el terreno de la consigna y no de los hechos verificables.
Respecto al diálogo con Estados Unidos, repitió la fórmula habitual: disposición al diálogo acompañada inmediatamente de una lista de condiciones y exigencias que el régimen, dadas las circunstancias actuales, no se encuentra en posición de imponer. La retórica del diálogo vuelve a presentarse así como un recurso discursivo, no como una propuesta realista de negociación.
En síntesis, el discurso dejó en evidencia a un gobernante desconectado de la magnitud de la crisis que atraviesa el país. Un pueblo exhausto, un sistema económico prácticamente paralizado y un Estado incapaz de garantizar servicios básicos conforman un escenario que ya no admite consignas ni promesas vacías. Lejos de ofrecer soluciones concretas o de mostrar una voluntad real de cambio, Díaz-Canel se limitó a enumerar problemas conocidos y a cerrar con un falso optimismo al afirmar que “saldremos adelante”, sin explicar cómo ni con qué recursos.
La realidad es más clara que cualquier discurso: la nación cubana resiste a pesar del sistema que la gobierna. Y ningún poder que solo puede sostenerse exigiendo sacrificios infinitos, sin ofrecer horizontes reales, puede pretender prolongarse indefinidamente sin enfrentar las consecuencias históricas de su propia inoperancia.


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